Cuando perder parece el fin del mundo
Perder una partida, quedarse fuera de una competición o descubrir que otro compañero ha ganado puede provocar enfados, lágrimas y una enorme frustración. Aprender a afrontar esas situaciones forma parte del desarrollo infantil, pero no siempre resulta sencillo. La manera en que los adultos acompañamos esos momentos puede marcar una diferencia importante.
La partida termina. Alguien ha ganado y alguien ha perdido.
Lo que para un adulto puede parecer un resultado sin demasiada importancia, para un niño puede convertirse en una experiencia verdaderamente desagradable.
Quizá se enfade, proteste porque las reglas no eran justas, abandone el juego o diga que nunca más quiere participar.
Otras veces simplemente se queda callado, decepcionado porque estaba convencido de que iba a ganar.
Son reacciones que muchas familias conocen bien.
Pero ¿por qué una derrota aparentemente insignificante puede provocar emociones tan intensas?
Durante la infancia, aprender a gestionar la frustración es un proceso gradual. Los niños todavía están desarrollando habilidades que les permiten regular sus emociones, aceptar situaciones que no pueden controlar y comprender que un resultado desfavorable no significa que hayan fracasado como personas.
Por eso, aprender a perder no consiste en dejar de sentirse mal cuando las cosas salen de otra manera. Consiste en descubrir qué podemos hacer con esa decepción.
Y el juego ofrece numerosas oportunidades para practicarlo.
Por qué a los niños les cuesta tanto aceptar una derrota
No todos los niños reaccionan igual cuando pierden.
Algunos aceptan el resultado con naturalidad. Otros necesitan unos minutos para recuperarse. Y hay quienes viven cada derrota como una experiencia especialmente intensa.
Estas diferencias dependen de varios factores, entre ellos la edad, el temperamento, las experiencias anteriores y la importancia que cada niño atribuye a la actividad.
En los primeros años, además, resulta especialmente difícil separar el deseo de ganar del resultado real.
Si un niño quiere conseguir algo con todas sus fuerzas, puede costarle comprender por qué ese deseo no se ha cumplido.
Conforme crece, va desarrollando una mayor capacidad para ponerse en el lugar de los demás, comprender las reglas compartidas y regular sus reacciones.
Sin embargo, cumplir años no garantiza que desaparezca la frustración.
También influye lo que sucede alrededor.
Si los adultos celebran exageradamente cada victoria, critican los errores o comparan continuamente los resultados, es más probable que algunos niños terminen asociando ganar con recibir reconocimiento y perder con decepcionar a los demás.
Por el contrario, cuando el esfuerzo, la participación y el respeto reciben atención independientemente del resultado, la competición puede vivirse de una manera más equilibrada.
Aprender a perder no significa resignarse
Existe una confusión bastante habitual.
A veces pensamos que enseñar a perder consiste en conseguir que un niño acepte inmediatamente cualquier resultado, sonría y felicite al ganador.
Pero las emociones no funcionan así.
Un niño puede comprender perfectamente que ha perdido y, aun así, sentirse enfadado o triste.
Lo importante es ayudarle a distinguir entre lo que siente y lo que hace.
Puede estar decepcionado.
Puede necesitar un momento de tranquilidad.
Puede expresar que no le ha gustado perder.
Lo que debemos enseñarle es que esa frustración no justifica insultar, hacer trampas, romper materiales o tratar mal a los demás.
Todas las emociones pueden escucharse, pero no todos los comportamientos deben aceptarse.
Esta diferencia permite acompañar al niño sin minimizar lo que siente y, al mismo tiempo, establecer límites claros.
Qué hacer cuando un niño se enfada porque ha perdido
Imaginemos una situación cotidiana.
Estamos jugando en familia y nuestro hijo pierde una partida. Se enfada, aparta las fichas y asegura que el juego es una tontería.
Nuestra primera reacción podría ser decirle que no pasa nada, que solamente es un juego o que tiene que aprender a perder.
Sin embargo, esas frases, aunque bienintencionadas, no siempre ayudan.
Para él sí está pasando algo.
Se siente frustrado.
Y necesita aprender a manejar esa sensación.
Podemos probar otras respuestas.
Reconocer lo que siente sin darle la razón en todo
«Entiendo que estés enfadado. Querías ganar y no ha salido como esperabas».
Una frase así no significa justificar su comportamiento. Simplemente reconoce una emoción que el niño está experimentando.
A partir de ahí podemos añadir:
«Puedes estar enfadado, pero no podemos tirar las fichas».
De esta manera combinamos comprensión y límites.
Darle tiempo para tranquilizarse
No siempre es el mejor momento para explicar una lección.
Cuando un niño está muy alterado, probablemente le resulte difícil escuchar razonamientos sobre el juego limpio o la importancia de participar.
A veces es preferible esperar unos minutos.
Después, cuando esté más tranquilo, podremos hablar de lo ocurrido.
Evitar comparaciones con otros niños
Frases como «tu hermana nunca se enfada cuando pierde» o «los demás saben comportarse mejor» pueden añadir vergüenza a una situación que ya resulta desagradable.
Es más útil centrarse en su propia experiencia.
¿Qué ha ocurrido?
¿Qué ha sentido?
¿Qué podría hacer de otra manera la próxima vez?
Ayudarle a encontrar alternativas
Cuando la emoción haya disminuido, podemos pensar juntos en distintas posibilidades.
¿Quiere volver a jugar?
¿Prefiere descansar?
¿Le gustaría practicar alguna parte del juego?
¿Cree que necesita comprender mejor las reglas?
No se trata de encontrar inmediatamente una solución, sino de enseñarle que una derrota no impide seguir adelante.
¿Debemos dejar ganar a los niños?
Es una pregunta frecuente entre madres, padres y educadores.
Y la respuesta no tiene por qué ser siempre la misma.
Cuando los niños son pequeños, adaptar las reglas o facilitar algunas situaciones puede ayudarles a participar y disfrutar de juegos que todavía superan sus capacidades.
El problema aparece cuando convertimos esa ayuda en una victoria garantizada.
Si siempre ganan, apenas tendrán oportunidades de experimentar una derrota en un entorno seguro.
Pero tampoco necesitamos hacer lo contrario y derrotarlos constantemente para enseñarles una supuesta lección de vida.
Lo más razonable es buscar un equilibrio.
Podemos elegir juegos adecuados para su edad, ajustar la dificultad y procurar que existan oportunidades reales tanto de ganar como de perder.
También podemos participar en actividades cooperativas, donde todos trabajan para conseguir un objetivo compartido.
La finalidad no es acostumbrarlos a perder por obligación, sino ofrecerles experiencias variadas en las que puedan disfrutar, esforzarse y afrontar resultados diferentes.
El ejemplo de los adultos importa más de lo que parece
Los niños aprenden muchas cosas observando cómo reaccionamos.
Y perder no es una excepción.
Si un adulto se enfada cada vez que pierde una partida, culpa a los demás o busca excusas para justificar el resultado, está mostrando una forma concreta de afrontar la frustración.
En cambio, cuando reconoce una derrota con naturalidad, ofrece otro modelo.
«¡Vaya! Esta vez has ganado tú».
«Me habría gustado ganar, pero lo hemos pasado bien».
«Creo que la próxima vez probaré otra estrategia».
No necesitamos fingir que perder siempre resulta agradable.
De hecho, reconocer una pequeña decepción puede ser útil.
Lo importante es mostrar que podemos sentirnos contrariados sin convertir ese sentimiento en un conflicto.
Ganar también se aprende
Habitualmente hablamos de enseñar a perder, pero olvidamos que ganar requiere igualmente ciertas habilidades sociales.
Un niño puede ganar y disfrutar de su victoria sin burlarse de quienes han perdido.
Puede sentirse orgulloso de su resultado sin menospreciar el esfuerzo de los demás.
Y puede celebrar una competición reconociendo que todos han participado.
Esto no significa que tengamos que apagar su entusiasmo.
Ganar puede ser emocionante y merece celebrarse.
La cuestión está en aprender a distinguir entre disfrutar del propio éxito y utilizarlo para humillar a otra persona.
Podemos enseñarles a felicitar al ganador cuando pierden y a tratar con respeto a los demás cuando ganan.
Ambas experiencias forman parte del juego limpio.
Los juegos de mesa como entrenamiento cotidiano
Los juegos de mesa ofrecen un entorno especialmente interesante para trabajar estas situaciones.
Tienen reglas compartidas, turnos, decisiones y resultados que no siempre podemos controlar.
A veces interviene la estrategia.
Otras veces influye el azar.
Y en muchas ocasiones se combinan ambos factores.
Esto permite descubrir que hacer las cosas bien no garantiza necesariamente ganar.
También enseña que una derrota puede deberse a distintas circunstancias.
Podemos utilizar juegos sencillos de cartas, memoria, dados o recorridos por casillas.
Lo importante es adaptar la actividad a la edad y procurar que la experiencia siga siendo agradable.
Después de jugar, podemos conversar sobre lo sucedido sin convertir cada partida en una evaluación.
«¿Qué parte te ha gustado más?»
«¿Qué ha sido lo más difícil?»
«¿Qué harías diferente si volviéramos a jugar?»
Son preguntas que ayudan a mirar más allá del resultado.
El deporte infantil y la importancia de competir con respeto
En el deporte, las emociones pueden ser todavía más intensas.
Una carrera, un partido o una competición reúnen esfuerzo, expectativas, compañeros, entrenadores y familias.
Por eso resulta especialmente importante el comportamiento de los adultos.
Cuando desde la grada se grita constantemente, se discuten las decisiones arbitrales o se critica a los participantes, el mensaje que reciben los niños puede entrar en contradicción con lo que intentamos enseñarles.
El deporte infantil debería ofrecer oportunidades para mejorar habilidades, cooperar, asumir responsabilidades y aprender a competir respetando unas reglas.
Ganar forma parte de esa experiencia.
Perder también.
Pero ninguna de las dos cosas debería convertirse en la única medida del valor de un niño.
Una pregunta especialmente útil después de una competición es:
«¿Cómo te lo has pasado?»
Podemos interesarnos también por lo que ha aprendido, por cómo se ha sentido y por aquello que le gustaría mejorar.
El resultado importa, naturalmente, pero no tiene por qué ocupar toda la conversación.
Cinco actividades para aprender a ganar y perder
Podemos trabajar estas habilidades mediante experiencias sencillas, sin necesidad de preparar grandes actividades.
1. La revancha tranquila
Jugamos una partida corta y, cuando termina, ofrecemos la posibilidad de repetirla.
Antes de empezar de nuevo, recordamos que el resultado puede cambiar.
El objetivo es practicar cómo continuar jugando después de una victoria o una derrota.
2. Cambiamos de compañero
En un juego por equipos, modificamos los grupos entre partidas.
Así evitamos que ganar o perder quede asociado permanentemente a las mismas personas y favorecemos que los niños aprendan a colaborar con compañeros diferentes.
3. Hoy jugamos todos juntos
Elegimos un juego cooperativo donde el grupo debe alcanzar un objetivo común.
Si no lo consigue, pensamos qué podríamos cambiar.
Esta actividad permite experimentar la frustración sin que exista un ganador individual frente a otro perdedor.
4. El mejor momento de la partida
Al terminar, cada participante cuenta qué momento le ha gustado más.
Puede ser una jugada divertida, una sorpresa o algo que haya conseguido hacer por primera vez.
La intención es recordar que una experiencia puede resultar satisfactoria aunque no termine con una victoria.
5. Inventamos nuevas reglas
Después de varias partidas, proponemos modificar alguna regla entre todos.
Podemos cambiar el número de turnos, introducir una dificultad o buscar una forma diferente de conseguir puntos.
Eso sí, las nuevas reglas deben acordarse antes de empezar, nunca modificarse a mitad de una partida porque alguien esté perdiendo.
Así practicamos también la negociación y el respeto a los acuerdos.
Brinca-Olimpiadas en Casa: jugar, participar y compartir
En BrincaLibro creemos que las actividades infantiles pueden ser una buena oportunidad para aprender habilidades que van mucho más allá del propio juego.
Por eso, propuestas como «Brinca-Olimpiadas en Casa» invitan a convertir el hogar en un espacio de retos y diversión compartida.
Organizar pequeñas pruebas, participar en familia y afrontar desafíos diferentes puede servir para hablar sobre el esfuerzo, las reglas, la cooperación y la manera en que reaccionamos ante los resultados.
No se trata de organizar una competición en la que todo el mundo deba demostrar que es el mejor.
Se trata de disfrutar de la experiencia y descubrir que participar también tiene valor.
Una carrera improvisada, una prueba de equilibrio o un reto de habilidad pueden ofrecer oportunidades para practicar el respeto a los turnos, aceptar las reglas y reconocer el esfuerzo de los demás.
Y si alguien pierde y se enfada, tendremos una ocasión real para acompañarle.
Porque estas habilidades no se aprenden solamente escuchando explicaciones.
Necesitan experiencias en las que poder practicarse.
Cuando el miedo a perder hace que un niño deje de intentarlo
Hay una situación que merece especial atención.
Algunos niños no reaccionan con enfado cuando pierden, sino que empiezan a evitar aquellas actividades en las que creen que podrían fracasar.
No quieren participar.
Abandonan antes de terminar.
Dicen que algo no les gusta cuando en realidad temen no hacerlo bien.
O prefieren no intentarlo para evitar una posible decepción.
En estos casos conviene prestar atención a cómo interpretan sus resultados.
Podemos ayudarles a comprender que no conseguir algo a la primera no significa carecer de capacidad.
También es importante reconocer los avances concretos sin recurrir a elogios exagerados.
«Hoy has conseguido llegar más lejos que la semana pasada».
«Has probado una estrategia diferente».
«Aunque te ha costado, has terminado la actividad».
Estos comentarios ponen el foco en aspectos que el niño puede reconocer y sobre los que tiene cierto control.
Si el miedo a equivocarse o perder es muy intenso, persistente y limita de forma importante su participación cotidiana, puede ser conveniente consultar con un profesional de la psicología infantil.
No todas las derrotas tienen que convertirse en una lección
A veces, con la mejor intención, los adultos intentamos extraer una enseñanza de absolutamente todo.
Si un niño pierde, hablamos de esfuerzo.
Si se equivoca, hablamos de perseverancia.
Si se enfada, hablamos de controlar las emociones.
Pero hay momentos en los que no necesita una explicación.
Necesita simplemente que lo escuchemos.
Podemos acompañarle, dejar que se tranquilice y continuar con otra actividad.
El aprendizaje no siempre ocurre en el instante en que aparece la dificultad.
En ocasiones llega después, cuando el niño recuerda lo sucedido, lo compara con otras experiencias y descubre que aquella derrota que parecía tan importante ya no lo es tanto.
Aprender a perder también es aprender a seguir jugando
La vida infantil está llena de pequeños resultados que no coinciden con lo que se esperaba.
Un juego que termina mal.
Una carrera en la que otro llega primero.
Un dibujo que no sale como imaginaban.
Una construcción que se derrumba.
Una actividad que cuesta más de lo previsto.
No podemos evitar todas esas experiencias, ni sería deseable hacerlo.
Lo que sí podemos ofrecer es un entorno donde equivocarse, perder y volver a intentarlo no suponga sentirse menos valioso.
Aprender a perder no significa renunciar a ganar. Significa comprender que una derrota no define quiénes somos ni determina lo que podremos conseguir después.
Y quizá una de las mejores señales de que un niño está desarrollando esa capacidad llegue en un momento muy sencillo.
Cuando termine una partida, descubra que no ha ganado, se sienta un poco decepcionado y, después de unos instantes, pregunte:
«¿Jugamos otra vez?»
Porque, al final, lo verdaderamente importante no siempre es quién gana.
A veces es conservar las ganas de seguir jugando.